domingo, 25 de mayo de 2008

RADIALISTAS INTEGRALES


La comunicación se ha vuelto multimedial. Por lo tanto, los comunicadores y comunicadoras también deben multimedializarse.
Hay locutores y locutoras… ¡que sólo saben locutar!

No les hables de manejar la consola ni ajustar los micrófonos. Eso lo hace el técnico. Ellos se sientan al otro lado del vidrio a esperar que se encienda el bombillito rojo de EN EL AIRE.

Tampoco les pidas que redacten un libreto o piensen el tema de un comentario. Eso corresponde al departamento de producción. Ellos esperan, tranquilamente, a recibir el texto que deberán leer cuando la señal lo indique.

Ni hablar de pautar los discos que sonarán en su programa. De eso se ocupa el software que automatiza la música. Ellos sólo tienen que anunciar el tema y el intérprete cuando corresponda.

¿Salir a la calle a hacer entrevistas? No tienen tiempo. ¿Participar en una radionovela? No tienen ganas. ¿Grabar una cuñita para el Día de las Madres? No tienen madre.

Pero un buen locutor, una buena locutora, no se conforma con serlo. Por supuesto, hay programas complicados, con muchos recursos, en que la división entre locutor y operador se justifica plenamente. Pero en otros, no. En muchos espacios musicales sencillos los animadores se estimularían manejando directamente los equipos o programando los discos. Con la planificación y los guiones del programa pasa otro tanto. Es necesario que los locutores se integren al equipo de producción, que no queden reducidos a una máquina de palabras.

Hoy en día, la comunicación se ha vuelto multimedial. Por lo tanto, los comunicadores y comunicadoras también deben multimedializarse. Es decir, aprender un poco de todo lo que ocurre en una emisora.

Un médico se especializa en el corazón después de conocer la medicina general. De igual manera, un locutor o una locutora pueden haber conseguido más destrezas en un campo o en otro, pero siempre se puede contar con ellos para…


- preparar libretos
- editar digitalmente
- manejar la consola
- programar música
- salir a la calle a hacer entrevistas
- moderar debates
- conducir una revista
- actuar en radioteatros
- narrar cuentos
- redactar noticias
- animar festivales
- transmitir un partido
- grabar cuñas

… para participar en todos los formatos y en todos los desafíos tecnológicos que la radio moderna necesita radialistas integrales.

Integrales e integrados en sus equipos de trabajo. ¿De qué serviría un programa excelente si la programación en su totalidad está floja? Digamos que sus majestades, el locutor y la locutora, no tienen corona propia. La comparten con todos sus compañeros y compañeras que logran sacar adelante, día a día, los mil y un detalles que componen el quehacer radiofónico. Con un grupo de colegas que han aprendido a planificar, a producir, a evaluar, a capacitarse… y a divertirse juntos también. ¡Salud!


UNA VICTORIA COMPARTIDA
Hablar con convicción: ése es el secreto.

En la radio, no contamos con imágenes. Tampoco podemos mirar a los ojos a los oyentes. No tenemos olores ni sabores. Para captar al público sólo disponemos de la voz.

¡La voz! Ahora no nos referimos al timbre de voz, sino a la entonación con que emitimos las palabras.

Hay palabras muertas, que se dicen por decir, que salen frías de la boca del emisor y llegan heladas a los oídos del receptor.

Y hay palabras vivas, calientes, que transmiten emociones, que atrapan a los radioescuchas, que van cargadas de pasión.

¿Dónde está el truco? ¿En qué radica la diferencia? En la modulación de la voz.

Modular es jugar con los tonos, subirlos, bajarlos, cambiar el ritmo, apresurar esta frase, relentizar la otra, enfatizar las palabras más importantes y hacer la pausa oportuna. La buena modulación transforma un discurso mo-nó-to-no en una conversación cautivante.

Hay que modular cuando hablamos y también cuando leemos un libreto. Para facilitar esto, algunos locutores subrayan con un lápiz las palabras claves de un párrafo, las cifras a destacar, el lugar donde quieren hacer una pausa para reforzar el sentido del texto.

Lo fundamental para la buena modulación es la convicción interior: creer en lo que dices y querer decirlo a alguien. Si hablas porque ahora te toca el programa, a los pocos minutos el público descubrirá la moneda falsa, la palabra hueca. Eso se siente, se intuye. Aunque gesticules, si no tienes confianza en ti y en lo que estás diciendo, no convencerás a nadie.

Ahora bien, no hay que diplomarse para adquirir la convicción. Cualquier chofer a quien le choquen el carro, saltará a la calle y lanzará una arenga inflamada demostrando su inocencia.

No se trata de gritar. El micrófono no es sordo y la cabina no es el mercado. Habla en volumen normal, pero con energía, cargando de intención y emoción las palabras. Tampoco se trata de correr. No confundas ritmo con atropello ni estar animado con desgañitarse. Sitúate a una cuarta del micrófono. Es la distancia ideal para la voz. Más cerca, sonará distorsionada. Más lejos, perderá presencia.

Lo fundamental, como decimos, es la convicción. “Convencer” es una linda palabra: significa vencer-con-el-otro, compartir la victoria.



ENTRE CEREMONIOSOS Y GRITONES
¿Cuál es el tono correcto para la locúción radiofónica?


En Europa, desde los inicios de la radiodifusión, prevaleció el tono sobrio, casi solemne. Los locutores de la BBC tenían la obligación de leer las noticias con traje de etiqueta. Dicho formalismo buscaba transmitir una sensación de autoridad ante el oyente. Los jefes no ríen, no lloran, no tienen emociones. Los periodistas tampoco. Mientras más seriedad se muestra, más objetividad se demuestra.

En la orilla americana, se instaló otro estilo de locución más acorde con la visión mercantil del medio. Un estilo agresivo, casi gritado. Igual que anunciamos detergente y gaseosas, informamos los sucesos del día. En definitiva, ¿cuál es la diferencia entre el ketchup y la sangre?

La locución informativa se ha desenvuelto entre esos dos extremos, ambos antipáticos.

Infinidad de noticieros latinoamericanos, copiando el modelo norteamericano, mezclan noticias policiales con deportes, propaganda política con calzones, vote por fulano, tome cocacola, un terremoto, dos bombas, tres puñaladas. Los locutores adoptan el mismo tono alterado, sobresaltado, de los vendedores de feria. Como los comerciantes pagan poco, hay que leer rápido para meter más publicidad.

¿Qué velocidad sería correcta para la locución informativa? Esto depende, naturalmente, de los diferentes ritmos culturales. En Brasil se habla más rápido que en Guatemala; en la costa, se aceleran más que en la sierra. En cada país y región, por suerte, se habla distinto. A pesar de ello, podemos establecer un promedio de 150 a 200 palabras por minuto. Más palabras, comienza el atropello. Menos, comienzan los bostezos.

No es cuestión de elegir entre la locución ceremoniosa y la gritada. Las dos se vuelven monótonas si no se varían. Cualquier ritmo uniforme cansa a la oreja, como una carretera sin curvas que provoca accidentes, sin importar a qué velocidad se recorra. De ahí, el indispensable uso de las pausas, de los énfasis, de la buena modulación.

Para lograr esa flexibilidad, es fundamental que locutores y locutoras comprendan lo que están leyendo, sepan de qué se trata la noticia. No se puede informar sobre la masacre de Jenín con la misma entonación del Mundial de Fútbol.

Para asegurar la intención periodística, en muchas emisoras es costumbre que la lectura de las secciones informativas, tanto noticieros como boletines, sean asumidas por el mismo equipo de prensa que las redacta. De esa manera, los locutores y locutoras comunican las noticias, no se limitan a un simple ejercicio de voz.



ESQUIZOFRENIA RADIOFÓNICA
Frente al micrófono, cambiamos de personalidad. Y perdemos la gracia.


En pocos minutos comenzará la radiorevista. Paola y Julián, los conductores, hablan animadamente en el pasillo. Se ríen con el último chiste, se cuentan la película que vieron el fin de semana.

Ahora entran a cabina. Julián carraspea, Paola ordena los papeles. El técnico levanta la mano y da la señal de comenzar.

JULIÁN Buenos días, amables radioescuchas. Una vez más llegamos a sus hogares para acompañarles durante las próximas tres horas...

Julián habla ceremonioso, circunspecto. Paola adopta el mismo tono formal y severo:

PAOLA En el programa de hoy brindaremos variados temas de su interés...

¿Qué pasó? Antes de entrar a cabina, Paola y Julián eran dos jóvenes alegres, pícaros, chéveres. Detrás del micrófono, cambiaron totalmente. Se pusieron serios. Olvidaron la frescura y la sabrosura de la vida.

Estamos ante un caso frecuente de doble personalidad, de “esquizofrenia radiofónica”. Sus síntomas son esa cara de palo, esa mirada sin brillo, ese tono mo-nó-to-no.

Dicho desequilibrio no es exclusivo de la radio. Se da también en los otros medios de comunicación. Se repite hasta el cansancio en cursos, seminarios, encuentros, conversatorios y demás espacios intelectuales.

Nadie ríe. Los ponentes mantienen una falsa solemnidad. Las expositoras fruncen el ceño y leen ponderadamente. Presentadores y oradores compiten en aburrimiento.

¿De dónde procede esta enfermedad, qué microbio la produce?

Es un virus antiguo. Se contagia en las escuelas, las universidades, en las iglesias y partidos políticos, en las reuniones de adultos.

Quien ríe pierde autoridad, nos enseñaron. Por eso, los maestros y los jefes no se permiten siquiera una sonrisa. Mientras más doctorados y títulos ostenten, más acartonados hablarán.

Este tono triste y gris oculta un profundo miedo al ridículo. ¿Qué van a decir de mí? ¿Cómo yo, siendo licenciado, siendo directora, voy a ponerme de igual a igual con el público?

Libera la palabra, compañero. Deja a un lado los papeles, compañera. Llénate de entusiasmo y corre el riesgo de hablar y de reír.

Antes de comenzar el programa, la charla o el discurso, piensa en tu público. Imagínalos, si estás en cabina. Míralos, si los tienes delante. Te quieren, te están sonriendo. Y esperan pasarla bien escuchándote.

La esquizofrenia radiofónica tiene cura. Una de las mejores vacunas contra ella la aplicaron en una emisora dominicana. A Paola y Julián les habían grabado su radiorevista de tres horas. Cuando terminaron, el director los llamó y los encerró en un salón para que se escucharan.

DIRECTOR En tres horas vuelvo... ¡Que se diviertan!